COMPETENCIA Y TARIFA ELECTRICA
Por: Bienvenido Alvarez-Vega
Nov. 2005

SANTO DOMINGO.-Creo que los empresarios de Santiago tienen razón cuan­do plantean la imposibilidad de competir con sus pares del extranjero con unas tarifas eléctricas irracionalmente altas y con una falta de estabilidad en el suministro energético que parece no tener fin. Empresarios grandes, medianos y pequeños de la zona metropolitana se han pronunciado de manera similar. No hay quien aguante el peso tan gravoso del gasto eléctrico. Los establecimientos comerciales, la mediana y la microempresa y los hospitales públicos y privados que han logrado sobrevivir, temen que cualquier día sus finanzas se agoten y no puedan permanecer en pie.

Recuérdese que las clínicas privadas han da­lo recientemente su voz de alerta, porque os impuestos, la tarifa energética y los gastos en compras de plantas eléctricas, manteni­miento y combustibles han puesto en rojo la con­tabilidad de la mayoría de estos establecimientos. Parece, pues, que el factor energético podría sacar a la República Dominicana de competencia en el exterior, independientemente de las facilidades que puedan conseguirse por vía de acuerdos y convenios internacionales, sean estos bilaterales o multilaterales. De manera que, por ejemplo, todos los esfuerzos que se despliegan para ponernos en condiciones de aprovechar las facilidades que acompañan al Acuerdo de Libre Comercio con Estados Unidos y Centroamérica, podrían ser neu­tralizados por el costo de la energía eléctrica.

Los hogares dominicanos ya no saben qué hacer con la tarifa eléctrica. Cada vez llega a un monto mayor, hasta el punto que hay hogares -no pocos-- que están disponiendo entre el 40 y el 50% de sus ingresos para cumplir con el pago de la electricidad. De una electricidad que, en el mejor de los ca­sos, mantiene un suministro de 16 horas por día. Las ocho horas restantes, o cuantas sean, hay que suplirlas con generadores propios, con inversores o por otros medios más artesanales y primitivos. La economía familiar es una gran víctima del proble­ma energético de la República Dominicana, un problema que mantiene en jaque a la sociedad y a los gobiernos, sobre todo a partir de los años 80 que fue cuando esta crisis se tornó verdaderamente insoportable. Ahora el suministro es más precario y la tarifa es mucho, pero mucho más alta.

La crisis eléctrica post capitalización de las empresas del sector desbordó las posibilidades de la administración del PLD durante el período 1996-2000. También sobrepasó la capacidad gerencial y ¡ financiera del gobierno del Partido Revoluciona­rio Dominicano (200-2004), a pesar de todo el aguaje que durante la campaña electoral hizo el ingeniero Hipólito Mejía y a pesar de todos los cambios que introdujo su administración, como los famosos Acuerdos de Madrid, la renegociación de varios contratos y la recompra de dos de las tres distribuidoras de energía. Probablemente Mejía y su equipo para la electricidad complicaron más el embrollo eléctrico y pusieron nuevos escollos para una eventual solución. Cuando el doctor Leonel Fernández tomó posesión, el 16 de agosto del año pasado, su discurso esbozó una solución a la crisis eléctrica. Sin embargo, aquel bosquejo quedó en la agenda de las buenas intenciones, por lo menos hasta el momento. Los embrollos dejados por el gobierno de Mejía, las limitaciones financieras de esta gestión y la falta de coherencia en su gabinete energético hacen pensar que no será en este cua­trienio cuando los dominicanos verán la posibili­dad superar la larga y gravosa crisis eléctrica.

El señor secretario Técnico de la Presidencia tuvo el valor de reconocer, en días recientes, que el proble­ma de la electricidad era ahora mayor que en el pa­sado. De manera implícita admitió el fracaso del mo­delo de la capitalización. Y, ciertamente, ahora el ca­mino eléctrico es más pedregoso y más empinado. Incluso, deberá demostrarse en algún momento que en el pasado no había tal subsidio del gobierno cen­tral a la entonces Corporación Dominicana de Elec­tricidad. Los 150 o 200 millones de pesos que cada mes eran entregados a la CDE eran, en realidad, el pago a la energía que consumían las oficinas públicas y el sistema de alumbrado de las calles y avenidas, autopistas y carreteras de todo el pías. Ahora, en cambio, hay subsidios para las edes y para los consu­midores de menores ingresos económicos.

Uno espera, sin embargo, que los gobiernos domi­nicanos admitan su incapacidad gerencial para ma­nejar el negocio eléctrico y recurran, en consecuen­cia, a la contratación de firmas extranjeras que pue­dan darle un giro positivo a una crisis que crece ca­da vez más, sembrando desesperanza en el empresariado y disminuyendo las posibilidades del país de competir en los mercados internacionales. La Re­pública Dominicana necesita, además, quitarse de encima este baldón de que no ha sido capaz, como nación, de darse un suministro energético estable.